4 min

Brecha intercultural en la crianza en Países Bajos

Padre acercándose a su hijo angustiado
Padre acercándose a su hijo angustiado © canva - copyright free

La brecha intercultural entre padres migrantes e hijos neerlandeses 

No importa si vivimos en Países Bajos o en otro sitio, la pre-adolescencia y la adolescencia siempre trae desafíos para la crianza, sin embargo, al criar en un país con un idioma y cultura diferente a la nuestra, nos enfrentamos a un desafío intercultural extra.

A la brecha generacional se le suma la frontera cultural, lingüística y simbólica. Los padres llegaron a Países Bajos con una identidad ya formada en otro lugar; los hijos, en cambio, la están construyendo entre el neerlandés del colegio y del grupo de amigos, y la lengua, las costumbres y las raíces maternas o paternas. Así es, que sin darse cuenta, padres y madres migrantes se enfrentan a la frustación que produce la brecha intercultural en la crianza.

La brecha idiomática 

En muchas de estas familias, ni el padre, ni la madre, tiene el neerlandés como lengua materna. El idioma organiza el pensamiento, el humor, la forma de discutir, de poner límites, de decir "te quiero" o "estoy preocupado". Cuando un adolescente empieza a pensar y a sentir con más soltura en neerlandés que en la lengua de sus padres, algo del vínculo cambia de textura, aunque el cariño siga intacto.

Como mencionamos en nuestro artículo sobre crianza y migración, la lengua del país donde crecen los hijos termina siendo siempre la dominante, incluso en los hogares que logran criar niños bilingües o trilingües. Es una asimetría lingüística ajena a la voluntad o al esfuerzo de cada familia. Es preciso tenerla presente y aceptarla para no caer en la frustración y validar el sentir de los padres cuando atraviesan la sensación de ser incomprendidos por sus hijos.

Cuando uno de los padres es neerlandés

En las parejas donde uno de los progenitores es neerlandés y el otro migrante, aparece una dinámica particular. El padre o la madre local suele moverse con comodidad en el idioma, en los códigos escolares, en las costumbres del país; el otro, no siempre. En ocasiones se pasa por alto la responsabilidad de sostener activamente un espacio para la lengua, la cultura y la crianza del progenitor migrante, en lugar de dejar que se disuelvan por comodidad o por inercia.

Ese espacio se construye con decisiones concretas, más allá de las buenas intenciones puntuales, qué idioma se habla en casa y cuándo, qué tradiciones se sostienen, cómo se apoya, en la práctica, no solo en el discurso, al padre o madre que navega una lengua y unos códigos sociales que no son los suyos de origen. Cuando ese acompañamiento existe, el hijo crece con la sensación de que ambas identidades tienen sitio en su casa. Cuando no existe, suele instalarse la idea, muchas veces silenciosa, de que una de las dos culturas importa menos.

Cuando ambos padres son migrantes

La dinámica cambia, aunque el desafío sea igual de delicado, cuando ambos padres son migrantes. Ahí el riesgo tiende a ser el opuesto al anterior, que la pertenencia neerlandesa del hijo se viva como una amenaza a lo propio, y que la respuesta termine siendo la imposición o la supresión de aquello que el hijo trae del colegio, de la calle, de sus amigos.

Ese camino rara vez funciona. El hijo de una familia migrante que crece en Países Bajos desarrolla, casi sin proponérselo, una identidad neerlandesa que convive con la de sus padres, sin sustituirla. Reconocer ese derecho a pertenecer también aquí, sin que eso implique renunciar a lo propio, suele resultar más fértil que la imposición.

La tarea consiste, sobre todo, en integrar ambos mundos en la crianza cotidiana, aunque ese equilibrio nunca sea perfecto ni definitivo.

El peso de los amigos: por qué la presencia activa importa tanto

En la pre-adolescencia y la adolescencia, la opinión del grupo de amigos adquiere un peso enorme, muchas veces mayor que el de la familia. Es una etapa en la que el hijo puede alejarse, con más fuerza que antes, de las costumbres y la lengua de casa para acercarse a lo que valida su entorno inmediato.

Formar parte activa del entorno del hijo, conocer a sus amigos, interesarse por su colegio, estar presente en lo que le importa aquí y ahora, suele ser mucho más eficaz frente a ese peso que cualquier discurso sobre identidad o pertenencia, aunque ese entorno hable, en buena medida, en otro idioma y con otros códigos.

Algunas claves para acompañar el proceso

  • Nombrar la diferencia sin dramatizarla. Hablar abiertamente de que existen dos culturas, dos lenguas y, muchas veces, dos formas de mirar el mundo dentro de la misma casa ayuda a que el hijo no sienta que debe elegir en secreto.
  • Sostener el idioma con naturalidad. Buscar espacios de socialización en la lengua de origen, actividades, otros niños, otras familias, suele funcionar mejor que reservarla solo para el ámbito doméstico.
  • Revisar las propias resistencias hacia lo neerlandés. Vale la pena observar, sin culpa, dónde aparecen en los padres el rechazo o la incomodidad hacia costumbres locales, porque esos gestos suelen transmitirse al hijo sin que nadie los diga en voz alta.
  • Repartir el peso del acompañamiento en la pareja. Cuando hay un progenitor neerlandés, sostener activamente el espacio del otro forma parte, en sí misma, de la crianza compartida.
  • Buscar comunidad, no aislamiento. Participar en espacios sociales y multiculturales locales facilita la integración de toda la familia, incluida la de los padres.
  • Priorizar la presencia por sobre el discurso. En la adolescencia, estar presente en lo cotidiano, el colegio, los amigos, los intereses del hijo en el aquí y ahora, pesa más que cualquier explicación sobre identidad.
  • Hacer espacio para la propia frustración. Muchas veces la crianza migrante se aleja del ideal que se imaginó antes de emigrar. Reconocer ese duelo, sin esconderlo ni proyectarlo sobre el hijo, es también una forma de cuidarlo.

Ninguna fórmula cierra de un día para otro la brecha generacional y cultural de estas familias. La constancia, la escucha y la disposición a acompañar son, en cambio, las que sostienen día a día a un hijo que crece entre dos mundos a la vez.


Si estas tensiones entre culturas y generaciones resuenan de forma particular en tu familia y generan un malestar sostenido, conversar con un profesional de la salud mental puede ser de ayuda.


Por Ailén Rodríguez Siqueira

Deja un comentario

400 caracteres restantes

Comentarios

Podría interesarte

Brecha intercultural en la crianza en Países Bajos | Tierras Holandesas