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Desarraigo migratorio: sentirse ni de aquí ni de allá

Mujer mirando através del vidrio
Mujer mirando através del vidrio © canva - copyright free

Ni de aquí ni de allá: No sentirse de ningún sitio tras migrar

Hay una frase que se repite mucho entre las personas que migramos, ya no soy de allá, pero tampoco soy del todo de aquí.
En los Países Bajos, donde conviven miles de personas hispanohablantes con historias migratorias muy distintas, esa sensación aparece con una frecuencia que sorprende a quien la vive por primera vez. Y sin embargo, rara vez se menciona que es parte natural dentro del proceso del desarraigo migratorio.

El peso concreto del desarraigo

Cuando hablamos de raíces solemos usar el término de forma poética, pero para quien migra tiene una función muy concreta. Las raíces son aquello que nos sostiene sin que lo pensemos, el idioma en el que soñamos, los códigos sociales que interpretamos sin esfuerzo, la red de vínculos construida durante años, el paisaje que reconocemos como propio.

Irse implica, en mayor o menor medida, cortar parte de ese sistema de sostén. El desarraigo al final de cuentas es una pérdida real de estructura material, emocional y simbólica.

Volver a enraizarse en otro lugar puede ser tan desafiante como el desarraigo de nuestro lugar de origen. Es mas complejo de lo que solemos creer y trasciende el aprendizaje del idioma, el entendimiento de los códigos culturales y la adaptación climática, aunque todo eso también forme parte del camino.

Construir raíces nuevas es un proceso más lento y menos visible, se trata de que ese lugar empiece a sostenernos sin que tengamos que pensarlo, algo que suele tardar mucho más de lo que las expectativas iniciales nos permiten imaginar.

No todas las migraciones se parecen

Aquí conviene detenerse en algo que suele pasarse por alto en las conversaciones sobre migración, no es lo mismo migrar por un motivo que por otro. Quien se muda por una oportunidad laboral suele llegar con un proyecto propio, una estructura mínima de acogida, contrato, colegas, cierta previsibilidad y una narrativa personal de la que es protagonista.

Quien migra para acompañar a una pareja, en cambio, con frecuencia construye su vida alrededor de un proyecto ajeno, el idioma, el círculo social e incluso el ritmo cotidiano dependen, al inicio, de otra persona. Cada historia tiene su propio peso, y esa diferencia ayuda a entender por qué el desafío de echar raíces puede sentirse tan distinto de una persona a otra, incluso viviendo en la misma ciudad y llegadas en la misma época.

En términos generales, cuanto más lejos esté el motivo migratorio del propio deseo original es decir, cuanto más haya sido una decisión tomada por otros factores y no por una búsqueda propia, más trabajo interno suele requerir la tarea de volver a sentirse en casa en el lugar nuevo. Reconocer esto ofrece una herramienta para entender mejor el propio proceso y dejar de compararlo con el de alguien que llegó por razones distintas.

Un camino posible para reconstruir raíces

No existe una fórmula única, pero sí hay preguntas y ejercicios que ayudan a ordenar el proceso. Estos son algunos pasos que pueden recorrerse, no necesariamente en orden estricto ni de una sola vez:

  1. Nombrar el motivo migratorio real. Ese que verdaderamente empujó la decisión de irse, más allá del que suele contarse en las reuniones familiares. Trabajo, pareja, seguridad, curiosidad, huida: cada motivo trae consigo una relación distinta con el lugar nuevo.
  2. Buscar una razón propia para quedarse. Más allá del motivo que originó la partida, suele ser necesario encontrar con el tiempo, una razón que sea genuinamente propia para sostener la permanencia, y no solo la inercia de lo ya decidido.
  3. Identificar qué partes de uno florecieron aquí. A veces el lugar nuevo permite desarrollar una versión de nosotros mismos que en el país de origen no tenía espacio: más independencia, otra relación con el silencio, una profesión distinta, una forma de vincularse.
  4. Observar qué partes no están encontrando lugar para crecer. Con la misma honestidad, vale la pena mirar qué aspectos de uno mismo se sienten atrofiados o silenciados en comparación con la vida anterior.
  5. Preguntarse si esas partes siguen representando a quien uno es hoy. No todo lo que se dejó atrás merece ser recuperado tal cual era; el ejercicio consiste en decidir con conciencia qué se quiere conservar, más que en volver atrás.
  6. Diseñar un plan de acción centrado en lo que se quiere construir, no solo en lo que se perdió. Puede ser tan concreto como sumarse a un grupo, retomar una práctica, iniciar un proyecto o cultivar un vínculo específico.
  7. Sostener el proceso con paciencia. Echar raíces lleva tiempo, y ese tiempo no es igual para todas las personas ni todas las migraciones. La impaciencia con uno mismo suele ser, paradójicamente, uno de los mayores obstáculos para avanzar.

Vivir en el medio, sin que sea un problema

Sentirse "ni de aquí ni de allá" suele ser, con frecuencia, la señal de que las raíces viejas todavía existen y las nuevas están en formación: dos sistemas de sostén conviviendo, todavía sin terminar de integrarse. Con el tiempo, para muchas personas, ese lugar intermedio deja de sentirse como una carencia y empieza a percibirse como una identidad propia, con un valor que ni el país de origen ni el país de acogida podrían haber dado por separado.


Si este tema te resuena de forma particular y genera malestar sostenido, conversar con un profesional de la salud mental puede ser de ayuda.


Por Ailén Rodríguez Siqueira

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