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¿Me olvidé de que era alguien? Una visita al pasado

Monumento a la Bandera, Rosario
Monumento a la Bandera, Rosario © JL / cedida a Tierras Holandesas

💌 Carta enviada al periódico:

Otro año más. Otro viaje de vuelta a mi país, Argentina. Esta vez, con escala. Hago la conexión en Brasil y termino sentado atrás, en la última fila del avión. Y ahí lo veo. ¿Quién es él? Mi ex-vecino. Durante seis años viví en el departamento de arriba del suyo.

Nos cruzamos mientras hacemos la fila en Migraciones y lo saludo. Me cuenta que ahora vive en Brasil y que está volviendo definitivamente a Argentina.

Finalmente llego a Rosario, mi ciudad de origen. Y, como siempre, empieza el tour. La súper agenda, los amigos, la familia, los encuentros que hay que organizar para que nadie se quede afuera. Yo estoy de vacaciones, pero ellos no.

Entonces, hay que coordinar bien: con quién almuerzo, con quién ceno. O, mejor dicho, con quién hago la entrada, con quién el plato principal, en qué otra casa me espera el postre y, por último, el café.

Sí, lo sé. ¿Por qué no los junto a todos y es más praktisch? No puedo. Son amigos de distintos lugares y de distintas etapas de mi vida.

Me divido. Me adapto. Me pongo a disposición de sus horarios y ellos, de mi poco tiempo, ese que todos intentamos exprimir un poco más. Sabemos que los días pasan y que los momentos juntos se terminan demasiado rápido. Uno de esos encuentros es con un amigo que está con muchísimo trabajo en casa. Así que le digo:

— Te paseo al perro, así no tenés que sacarlo vos.

Salgo a dar una vuelta y me cruzo con un viejo amor. Nos saludamos, hablamos un rato. Pasó tanto tiempo que ya solo queda el recuerdo de que alguna vez fuimos dos buenas personas, aunque bastante inmaduras.

Sigo con el tour. Otro café, de los tantos. Esta vez, con una amiga de mi antiguo trabajo. Pero se me hace tarde para llegar a la terminal de ómnibus, así que tomo un taxi. Y resulta que el taxista es el hermano de una secretaria de mi antiguo lugar de trabajo. Otra coincidencia.

Vuelvo a Rosario. Me tomo un colectivo urbano, me bajo y, apenas pongo un pie en la vereda, me cruzo con el novio de mi mejor amiga.

— ¡Hola, hola! Se me hace tarde. ¡Chau, chau!

Después meriendo con otra amiga y su hija, mi ahijada. Y así, de encuentro en encuentro, de casualidad en casualidad, transcurren los días hasta que llega el momento de irme.

Dejo atrás Rosario, una ciudad de más de un millón de habitantes. Una ciudad en la que, sin embargo, parece que siempre termino encontrándome con alguien conocido. Y, por supuesto, la última coincidencia llega antes de pasar por Migraciones, en el aeropuerto. Justo detrás de mí está el médico de mi papá, que se va a Alemania a visitar a su hijo.

No había manera de hacer este viaje sin que apareciera alguien conocido. Y, sin embargo, yo me había olvidado de que era alguien ahí.

Hace años que me mudé a Países Bajos. A veces pienso que uno se va y se lleva todo consigo: los recuerdos, los afectos, los lugares. Pero hay algo que queda atrás y que no se puede guardar en una valija: una posición en la vida de los demás. Un lugar que uno ocupaba casi sin darse cuenta.

Allá todavía soy el ex-vecino de alguien, el ex-compañero de trabajo de alguien, el viejo amor de alguien, el amigo de alguien. Formo parte de historias que siguen andando aunque yo ya no esté.

Pero, cuando vuelvo, descubro que esos lugares siguen existiendo, aunque yo ya no los habite. Entonces me pregunto: ¿voy a volver a ser alguien acá, en Países Bajos? ¿Habrá una amiga o un amigo que algún día me elija para ser el padrino de su hijo? ¿Voy a formar parte de esa clase de historias que no necesitan organizarse en una agenda, porque simplemente suceden? ¿Voy a volver a tener un lugar que sea mío, no solo un espacio entre el almuerzo de uno y la cena de otro? ¿Voy a sentirme alguien otra vez en Países Bajos?

Quizás sea que ahora soy alguien para muchas personas, pero yo todavía no lo sé.

JL, lector de Tierras Holandesas.


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Por JL

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