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Florecer en los Países Bajos: la cara dulce de migrar

Mujer sonriendo con el sol a sus espaldas
Mujer sonriendo con el sol a sus espaldas © canva - copyright free

Florecer en los Países Bajos casi nunca se parece a lo que imaginamos antes de llegar. Llegamos con una idea armada a partir de fotos de canales y campos de tulipanes, y nos encontramos con un lugar de reglas propias, ritmos propios y un idioma que al principio suena muy ajeno.

De ese contraste entre lo que esperábamos y lo que finalmente vivimos suele hablarse solo en su versión difícil: el duelo, la nostalgia, el desarraigo.

Cuando la realidad no fue la que imaginamos, pero tampoco fue peor

Casi nadie migra con expectativas ajustadas del todo a la realidad. Algunos llegan pensando que todo será más fácil que en su país de origen, otros temiendo que todo será más difícil, y la mayoría se encuentra con una mezcla de ambas cosas. Pero también aparece lo que no estaba en el cálculo inicial, una sensación incipiente de plenitud. Que en ocasiones también dista mucho de ser la idea de plenitud que imaginamos antes de migrar.

Reconocer ese desfase entre la expectativa y la realidad no tiene por qué leerse como una decepción. Puede leerse, también, como el punto de partida de una relación más honesta con nosotros mismos y con el lugar donde decidimos construir una vida nueva.

Los logros silenciosos

Hay una serie de pasos que damos durante los primeros meses en Países Bajos que, vistos de a uno, parecen mínimos, pero que sumados construyen buena parte de la sensación de integración. Entender el sistema de transporte y dejar de depender de Google Maps para cada trayecto. Saber en qué barrio conviene vivir y por qué. Ir al médico de cabecera sin que el trámite genere ansiedad. Hacer una llamada telefónica en inglés, o neerlandés, aunque sea corta.

Ninguno de esos logros suele celebrarse en el momento en que ocurre. Se incorporan a la rutina tan rápido que olvidamos que, meses atrás, representaban un miedo o una incertidumbre concreta. Volver la mirada atrás y nombrarlos es una forma de medir un progreso que de otro modo pasa inadvertido.

Un nuevo significado de estar en casa

Sentirse en casa en Países Bajos no suele significar reproducir la sensación de hogar que trajimos del lugar donde crecimos. Es, más bien, construir un significado distinto de esa palabra, uno que conviva con las referencias del país de origen sin necesidad de reemplazarlas. La casa nueva puede tener otro idioma, otra luz en las tardes de invierno y otra forma de organizar un domingo, y aun así funcionar como un lugar seguro al que se vuelve con gusto.

Ese proceso no ocurre de un día para el otro ni sigue una fórmula fija. Para algunas personas llega con la primera Navidad celebrada con amigos en lugar de familia, para otras con el momento en que dejan de necesitar el mapa para volver a su propia calle.

La red

Hacer amigos como adulto migrante en Países Bajos suele describirse como una de las tareas más cuesta arriba del proceso, y en gran medida lo es. La cultura social neerlandesa tiene sus propios códigos, y las agendas ya organizadas de quienes llevan más tiempo en el país no siempre dejan espacio libre. Por eso vale la pena detenerse en cada vínculo que sí se sostuvo en el tiempo, sea con otro migrante que entiende el proceso desde adentro o con algún neerlandés que decidió invertir tiempo en la amistad.

Cada café repetido con la misma persona, cada grupo al que se volvió una segunda vez, cada mensaje que llegó sin haberlo buscado, es parte de una red que meses atrás no existía.

La rutina como logro

Puede sonar poco espectacular, hasta incluso algo aburrido, pero llegar a tener una rutina estable en un país distinto al de origen es, en sí mismo, un logro migratorio. Implica que el cuerpo y la mente dejaron de estar en modo alerta permanente, que las tareas cotidianas ya no exigen la misma cuota de energía que exigían al principio, y que hay margen para pensar en algo más que en sobrevivir el día a día.

Cuando la rutina se instala, suele ser señal de que algo, silenciosamente, terminó de acomodarse.

Migrar deja huellas difíciles de nombrar mientras ocurren, y florecer en el proceso no siempre se ve como un logro hasta que se lo mira con perspectiva. Vale la pena, de tanto en tanto, hacer ese ejercicio: repasar el camino recorrido desde que se llegó a Países Bajos y reconocer, entre tanto trámite y tanta adaptación, todo lo que efectivamente floreció.


Este artículo busca ofrecer información y perspectivas sobre el proceso migratorio, pero no sustituye un proceso terapéutico. Si los desafíos de migrar están afectando tu salud mental o tu bienestar emocional, no dudes en buscar apoyo profesional.

Por Ailén Rodríguez Siqueira

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